Sumergirse en el verdadero Ecuador en solo unos días

Texto por
Peter Grunert, autor de Lonely Planet
Río Napo, Amazonas, Ecuador
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Despliegue de maravillas e historia en Ecuador, Best in Travel 2019

Puede que Ecuador sea pequeño, pero posee un gran despliegue de maravillas. Conviene explorar la capital colonial, Quito, antes de adentrarse en la selva pluvial, donde revolotean los colibríes y acechan los pumas, y después es buena idea visitar los Andes y conocer a los artesanos indígenas de Otavalo, para luego partir rumbo a Ibarra disfrutando de un trayecto panorámico en tren. Y la aventura de unos días termina entre la singularísima fauna de las Galápagos.

La plaza San Francisco en Quito, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet La plaza San Francisco en Quito, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Unos días en Quito, la capital de Ecuador

La intensa luz azul de las zonas de gran altitud pinta el cielo del casco antiguo de Quito mientras los perros persiguen a las camionetas que transportan productos al mercado y retumban por las calles sinuosas, adoquinadas con piedras del volcán Pichincha, que preside la escena. Los tenderos abren sus tiendas, saludándose con la mano los unos a los otros mientras exponen su mercancía en el exterior: sacos llenos de comino y canela, sartenes de aluminio, grandes montones de pezuñas de vaca y piñatas con forma de unicornio, de Minnie Mouse o de Bob Esponja. 

El comercio está muy vivo en estas calles estrechas y empinadas. Delante de las tiendas, mujeres con sombreros de fieltro y ponchos de lana extienden esterillas en las aceras, sobre las cuales ofrecen brochetas de mazorcas de maíz, patatas y aguacates cultivados en sus pueblos, desde donde se desplazan a diario a la ciudad. 

 

Ecuador

 

“Se oyen chismes por todos lados”, cuenta Paola Carrera, guía del barrio de San Roque. “Así llamamos a los secretos –novedades y cotilleos– de los vendedores, que vienen a la capital desde todas las partes de Ecuador”. La madre de Paola tiene una tienda donde vende agua de vida, un tónico muy dulce elaborado con 25 plantas distintas, incluidas las flores de amaranto que le dan su característico color rosa intenso, y varias hierbas de procedencias tan lejanas como la selva amazónica.

“Siempre me ha gustado vivir aquí, encima de la tienda”, confiesa Paola. “Los edificios del barrio son muy tradicionales; tienen mucho carácter. La gente de San Roque está muy ligada a su barrio, es un sitio que atrae a los visitantes”. 

 

El interior dorado de la iglesia de San Francisco, Quito, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet El interior dorado de la iglesia de San Francisco, Quito, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Como la mayoría de los lugareños que pasan ante la encalada iglesia de San Francisco, Paola se santigua al cruzar el umbral delimitado por las enormes puertas de madera de la iglesia. Hay quien también toca las esculturas de los dioses solares de la entrada, un gesto que supuestamente da energía. La primera piedra de la iglesia se colocó en 1535, poco después de la llegada de los conquistadores españoles procedentes de Andalucía. En un gesto práctico para ganarse el apoyo local, los monjes franciscanos permitieron al pueblo quitu conservar algunos de sus símbolos religiosos indígenas para mezclarlos con el catolicismo de las fuerzas invasoras. Los conquistadores también importaron el estilo arquitectónico morisco del Norte de África islámico y reflejaron toda su riqueza en el espectacular interior dorado de la iglesia; aunque para la gente de Quito el oro reflejaba el poder eterno de su dios solar.  

Adentrándonos un poco más en el barrio, Paola me presenta a algunos de los artesanos de las tiendas de San Roque. Don Gonzalo Gallardo es especialista en restauración de efigies religiosas: nos muestra un Niño Jesús de plástico chamuscado en un incendio y una figura de yeso sin brazos de la Virgen de París dañada accidentalmente al caer del santuario de un salón familiar. César Anchala regenta la Sombrerería Benalcázar, fundada por su padre hace 65 años, y usa los mismos moldes y hierros de antaño para confeccionar los distintos tipos de sombreros trilby de fieltro que vende. El suyo es un negocio variado, ya que también vende máscaras para festivales como Inti Raymi, cuyos orígenes se remontan a los incas, que llegaron a la región en el s. XV. Las máscaras retratan demonios moderadamente terroríficos y algunos políticos ecuatorianos.


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En el mercado de San Roque se ha formado una cola frente al puesto de Rosa Correa, a pesar de los gritos que se oyen en su interior. Una pareja joven sale de detrás de una cortina, con los ojos como platos. Como la mayoría de los clientes de Correa, pagan 8 US$ a la semana por un tratamiento que les libera del estrés y de la influencia del ‘mal de ojo’. Correa es una chamana de cuarta generación cuya técnica consiste en azotar a sus clientes con varios tipos de plantas. Tiene las estanterías llenas de chilis, caléndulas, pétalos de rosa, menta y ortigas. Las viejas creencias siguen muy arraigadas; y a veces escuecen un poco.

 

Vistas desde Mashpi Lodge sobre su reserva de selva pluvial, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Vistas desde Mashpi Lodge sobre su reserva de selva pluvial, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Unos días en la selva pluvial ecuatoriana

La música de la jungla suena a 1200 m de altura en la selva pluvial del Chocó-Andino. Los truenos marcan la línea de bajo; los goterones de lluvia suben el ritmo, estrellándose sobre enredaderas, helechos y gruesas y lánguidas capas de musgo; y el chirrido de los insectos sube y baja de tono y de ritmo. De repente, cuando el chapoteo de las botas sobre el fango rojo se detiene, un zumbido extraño retumba en el aire.

 

Guía Ecuador y las islas Galápagos

 

“El ermitaño de Yaruqui”, susurra el guía José Napa. “El silfo celeste”, añade, entusiasmado. “Hmmm… el colibrí morado. ¡La puntiblanca pechipúrpura! ¡El colibrí emperador!”

José ha quedado rodeado por una nube de colibríes de color esmeralda, rubí y zafiro que revolotean con fuerza entre la bruma para aproximarse al comedero donde él acaba de echar sirope de azúcar. Enseguida se establece un orden jerárquico para comer, y un rabudito crestado, del tamaño de una abeja, se lleva un picotazo en la cabeza al intentar colarse ante otro pájaro más grande. “Son así de agresivos porque necesitan alimentarse continuamente”, cuenta José. “Tienen un metabolismo muy rápido y las flores que les gustan pueden ser sorprendentemente escasas en la selva”. Un pájaro da prueba de su ansia revoloteando alrededor de una camiseta con un estampado floral, como si fuera a catarla.


La puntiblanca pechipúrpura, una especie sudamericana, en una danza de cortejo, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet La puntiblanca pechipúrpura, una especie sudamericana, en una danza de cortejo, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Junto a la selva amazónica, el Chocó es la otra forma de selva ecuatorial de Ecuador, irrigada por 6 litros por metro cuadrado de precipitación anual, cuando las nubes del Pacífico chocan contra las estribaciones bajas de los Andes. Es uno de los hábitats más húmedos y biodiversos del planeta, amenazado por la contaminación de los ríos, la agricultura de tala y quema, y la explotación forestal ilegal.

José Napa era agricultor de subsistencia. Cultivaba cacahuetes, yuca y plátano hasta que se pasó al negocio maderero. Hace 14 años, en el lugar que ocupaba el aserradero, se construyó un lodge privado y José empezó a trabajar allí. El lodge se convirtió en un eco-hotel, Mashpi, situado en una reserva faunística de casi 1200 Ha que ocupa una antigua explotación forestal. Ahora la reserva se halla dentro de una zona colchón de 17 000 Ha dedicada al desarrollo sostenible, con corredores para que los animales puedan migrar entre parches de selva ecuatorial.


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José conoce muy bien la selva porque se ha pasado la mayor parte de su vida recorriéndola. Predice el correteo de un corcovado pechirrufo por el más leve crujido de una hoja en el sotobosque o descubre un claro bajo una cascada veloz donde a las luciérnagas les gusta reunirse por la noche.

Señala una fruta que encanta al tucán del Chocó –una que los ‘coloca’ un poco– y un hongo conocido como Los dedos el hombre muerto, que puede abrirse para extraer un ungüento antibiótico empleado por los lugareños para curar las infecciones oculares.

Desde un mirador sobre el valle, con la niebla baja, José lanza un aullido y, a lo lejos, alguien le responde. “Monos aulladores”, exclama.

En la reserva de Mashpi se han instalado varios equipos de científicos que investigan las numerosas especies de mariposas de la zona; planean reintroducir el mono araña de cabeza negra, una especie en peligro de extinción; y usan trampas con cámara para filmar a los roedores que se ocultan en la espesa selva. Unas de esas imágenes muestran a un huésped a punto de vivir un encuentro singular: un hombre pasea tranquilamente a pocos minutos del lodge; sin que él se dé cuenta, los ojos de un depredador le observan; y, poco después, un enorme y curioso puma macho empieza a seguirle de cerca.

 

Jose Luis Fichamba toca un rondador de bambú recién fabricado en su taller, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Jose Luis Fichamba toca un rondador de bambú recién fabricado en su taller, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Unos días en Otavalo, en las tierras altas de los Andes

La carretera a Otavalo sube por los Andes dejando atrás cerdos negros repantingados en el polvo y vacas pastando en la hierba alta. Campos de habas, lupines y maíz se preparan para la cosecha, bordeados de plantas de agave de fieros pinchos que lucen sus flores de aspecto alienígena. Allí donde el terreno se vuelve demasiado indómito para la agricultura es donde todavía viven los pumas, los osos de anteojos y los cóndores. 

Como en Quito, los mercados de Otavalo son un punto de encuentro para los habitantes de la campiña de las afueras. Hoy la misa de la iglesia principal es en quichua, la lengua indígena que evolucionó a partir de la antigua lengua de los invasores incas, que después sucumbieron ante los conquistadores. En el exterior hay imbayas que buscan compradores en silencio; los hombres llevan un sombrero rígido de fieltro y una larga trenza, y las mujeres lucen collares de cuentas, bañados en pan de oro, sobre ponchos de color azul marino y blusas blancas con flores exquisitamente bordadas a mano.

 

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El mercado diario está lleno de alimentos que provienen de los fértiles suelos volcánicos de los Andes: moras y tamarillos, plátano grande y alfalfa, y todo tipo de cereales y legumbres. En el pasillo central se empiezan a servir almuerzos. Los lugareños saborean humeantes cuencos de almejas, sopa de pollo, pudín negro con palomitas de maíz y hornado (cerdo asado entero). Rosario Tabango muestra con orgullo el certificado que asegura que su hornado es el mejor de todo Ecuador, firmado por el presidente del país. Es crujiente y blando, y tiene un sabor intenso por la sal, el ajo y el humo de la madera con la que se ha asado la carne, una madera que la propia Rosario recolecta en sus salidas a las montañas.

Aunque los vendedores del mercado de artesanía de Otavalo visten el traje imbaya tradicional, no es fácil encontrarlo a la venta. Desde épocas precolombinas, sus antepasados siempre han satisfecho la demanda de la clientela, y ahora eso significa vender ponchos de poliéster en colores neón, camisetas del Ché y gorros de Bob Marley a turistas que solo están de paso.

 

Luz Maria Andrango teje con un telar de cintura, un instrumento de la época de los incas, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Luz Maria Andrango teje con un telar de cintura, un instrumento de la época de los incas, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

La artesanía tradicional se conserva mejor en los pueblos del noreste de Otavalo. En Agato hay un taller bajo de piedra repleto de telares sencillos, cestas de lana de alpaca y un puñado de conejillos de indias chillones. En su interior, Luz Maria Andrango teje un guagua chumbi; un tipo de cinturón que sujeta las blusas imbayas. Los colores son de tintes naturales –cochinillas rojas, líquenes amarillos, índigo y nueces marrones–, y tardará 10 días en terminarlo. 

En el vecino Peguche está el taller de flautas de José Luis Fichamba, fundado en 1969. “Hice mis primeras flautas a los 10 años y las regalé a mis amigos para que formáramos una banda musical”, cuenta. Hijo de un tejedor y nieto de un músico, todavía construye payas (zampoñas pequeñas), rondadores (zampoñas más grandes que permiten tocar dos notas a la vez) y gaitas (una larga flauta de madera, típica de Otavalo, que se toca en el festival Inti Raymi).

Tras tocar una tonada con un rondador, explica: “Cuando toco estas flautas me siento un hombre muy especial. Ya no queda mucha gente en Ecuador que sepa tocar el rondador; antes sonaba por todos los Andes”. La música de Fichamba es muy emotiva, sobre todo en un entorno tan bonito como su pueblo, con volcanes nevados de fondo. Y no tiene nada que ver con la melodía de zampoña que más suena en los bares de Quito: Dancing Queen, de Abba. 


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Comerciantes locales y guardafrenos esperan la salida del Tren de la Libertad desde Ibarra, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Comerciantes locales y guardafrenos esperan la salida del Tren de la Libertad desde Ibarra, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Unos días en Ibarra, al norte de Quito

Es buena idea disfrutar de un trayecto en tren desde una ciudad colonial de montaña hasta una comunidad afro-ecuatoriana entre campos de caña de azúcar. La ruta pasa cerca de varios volcanes y, a veces, a través de estos.

El Tren de la Libertad no tiene prisa por partir. Un equipo de guardafrenos con uniforme vaquero chequea los dos vagones rojos, preparándolos para el intenso descenso por los Andes. La hora punta de la mañana no existe en Ibarra, la ciudad más grande al norte de Quito. Hay taburetes de madera junto a los raíles, la gente comparte café y se venden papayas, periódicos y dulces hervidos a los pasajeros que pasean por la zona. 

Esta antigua ciudad colonial de montaña tiene una historia turbulenta. El volcán Imbabura es el supuesto protector sagrado de la región, pero en 1868 Ibarra quedó devastada por un terremoto. Al pie del volcán se halla el lago Yahuarcocha, cuyo nombre, que significa ‘lago de sangre’, recuerda a los 30 000 guerreros indígenas caranqui que allí murieron a manos del ejército del emperador inca Huayna Capac.

 

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Repican las campanas, retumban los cláxones y se desata la actividad. Se baja a los niños que curioseaban en la cabina del conductor y se cargan los fardos. La ceremonia de partida se vuelve más espectacular con la llegada de dos motociclistas escoltas, vestidos como superhéroes con monos y protectores. Circulan por delante del tren durante la primera mitad del trayecto, ahuyentando al ganado de las vías y mandando parar a los camiones cargados de caña de azúcar en los pasos a nivel. El tren rechina despacio cruzando la periferia, con las palmeras meciéndose a su alrededor. El trayecto será breve, pero espectacular. Durante el par de horas que se tardan en recorrer unos 30 km el tren atraviesa cinco túneles excavados a mano a principios del s. XX y cruza dos puentes que sortean profundos barrancos. Cuando la altura cae de 2200 a 1600 m, pasa junto a pantanos, llanuras áridas, bosques de cactus y enormes y solitarias bromelias mientras el termómetro sube de 15 a 30 grados.

 

Milena Espinoza baila la bomba, Ibarra, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Milena Espinoza baila la bomba, Ibarra, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Los pasajeros del tren son más o menos el reflejo de la población de Ecuador: un 3% de afro-ecuatorianos, un 25% de indígenas y una mayoría mestiza, esto es, de origen indígena y español. La ruta se nivela y pasa por campos de caña de azúcar que van de horizonte en horizonte, cultivados en la región desde que los jesuitas fundaron grandes haciendas en el s. XVI, poco después de la llegada de los conquistadores. Los jesuitas enseguida vieron que los esclavos africanos eran más eficientes para cosechar la caña de azúcar que los trabajadores indígenas, más menudos. El nombre del tren es un homenaje a la libertad que aquellos esclavos consiguieron a mediados del s. XIX.

Milena Espinoza es descendiente de esclavos del apacible pueblo de Salinas, el punto más remoto de la ruta del tren. Ella y sus amigas bailan una bomba para los pasajeros que se apean del tren, una danza tradicional afro-ecuatoriana con música festiva y un ritmo sencillo. “Si pudiera me pasaría el día bailando bomba”, exclama. “Nos encanta recuperar las antiguas tradiciones. Estas enaguas de algodón son como las que usaban las danzarinas de antaño, y bailamos con botellas en la cabeza, como nuestros antepasados, que las llevaban así para que sus amos no les quitasen el alcohol”. Preguntada por el significado de la letra de las canciones, Milena contesta: “Siempre hablan de lo mismo, de una mujer negra y feliz que hace estos movimientos y después da un beso a sus amistades”. 

 

Una zapaya sobre una iguana marina, Islas Galápagos, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Una zapaya sobre una iguana marina, Islas Galápagos, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet
 

Unos días en Las Galápagos, "Las Islas Encantadas"

Bajo el brillo dorado de una puesta de sol tropical un grupo de taxistas se enfrenta en un partido de voleibol. Un grupo de niños grita de la emoción y se devoran montones de palomitas, mientras un grupo de visitantes inusuales se une al público entusiasta. Un lobo marino de las Galápagos se acerca a un banco de Puerto Ayora, colocando las aletas sobre el borde y fingiendo dormir, pero con un ojo abierto por si aparece algún tentempié. La subida de la marea trae consigo un montón de zapayas, que agitan sus pinzas granates por las rocas en busca de comida. Se les unen las iguanas marinas, arrugando el hocico cada vez que estornudan para expulsar la sal absorbida durante sus inmersiones en busca de algas para comer.  

‘Las Islas Encantadas’ es el nombre que dieron a las Galápagos los primeros exploradores que las pisaron, en el s. XVI, y algunos mitos sobre ellas todavía perduran hoy. No todo el mundo sabe que este archipiélago de 19 islas es parte de Ecuador, a 970 km a través del Pacífico. Y aunque su singular fauna salvaje capta toda la atención, allí viven 30 000 personas, la mitad de ellas en Puerto Ayora, en la isla central de Santa Cruz.

 

Una iguana terrestre, con aspecto de la reina de las Galápagos, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Una iguana terrestre, con aspecto de la reina de las Galápagos, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

Muchos encuentros con la fauna clásica de las Galápagos pueden suceder en Santa Cruz, sin necesidad de embarcarse en un crucero, como hace la mayoría de los viajeros. “Ahora todo el mundo está contento, hay mucha comida”, explica Ramiro Jácome Baño, guía naturalista oficial del Parque Nacional Galápagos. Es temporada de lluvias y calor, época de abundancia. Ramiro señala los matorrales que han crecido alrededor de Cerro Dragón, un pico volcánico afilado que se alza sobre antiguos ríos de lava en la punta noroeste de Santa Cruz. “¡Alto!”, exclama al ver una iguana terrestre macho, con su resplandeciente piel amarilla, que se contonea por el camino. Se cree que las iguanas terrestres y marinas endémicas de las Galápagos tienen ancestros comunes, los cuales llegaron a las islas tiempo atrás después de un largo viaje por mar. “Han evolucionado a partir de las iguanas verdes del Ecuador continental”, afirma Ramiro. “Esas podrían haber llegado nadando o flotando a la deriva sobre la vegetación, que es lo más probable”. 

En la Estación Científica Charles Darwin de Santa Cruz se desarrolla un éxito del conservacionismo: se han criado más de 3000 tortugas de tierra gigantes, desde que rompen el cascarón hasta que alcanzan el tamaño suficiente para resistir los ataques de especies invasoras como los gatos, los cerdos o los perros introducidos por los marineros de paso. Las tortugas adolescentes se liberan en la jungla y pueden vivir hasta los 200 años. Hoy, al calor del mediodía, reposan como rocas majestuosas en las pozas de barro de la Reserva de Tortugas "El Chato". Sobre ellas revolotean seres con un ritmo de vida más veloz: pinzones de Darwin, que se exhiben mientras los búhos campestres les observan desde las alturas. 

 

Restos de lava en el Pacífico, cerca de Cerro Dragón, Galápagos, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet Restos de lava en el Pacífico, cerca de Cerro Dragón, Galápagos, Ecuador © Philip Lee Harvey / Lonely Planet

La diversa vida aviar de Santa Cruz también puede contemplarse desde el Finch Bay Eco Hotel, a un breve trayecto en taxi acuático desde Puerto Ayora. Los huéspedes comparten el bar al aire libre con sinsontes de Galápagos que cazan pequeños gecos, y la piscina con una familia de patos gargantilla. La playa de Puerto Ayora queda un poco más allá; es el sitio donde los lugareños se refrescan chapoteando con botes hinchables o practicando el buceo con tubo en busca de criaturas marinas tan maravillosas como las terrestres. Remando un poco veo a una tortuga verde comiendo algas y un trío de rayas águila nadando en perfecta formación.

La vida marina de las Galápagos todavía sorprende a Ramiro, que lleva 20 años trabajando como guía del parque. “Hace poco se me acercó una mantarraya”, cuenta. “Tenía un trozo de red de pesca atrapado en las crestas. Dejó que se lo quitara y después desapareció en las profundidades.” 

 

Peter Grunert viajó a Ecuador con el apoyo de Cox & Kings. Los autores de Lonely Planet no aceptan obsequios a cambio de cobertura positiva en sus artículos. 

Este artículo se publicó originalmente en el número de otoño del 2017 de la edición estadounidense de Lonely Planet magazine's U.S. edition.

 

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